El fin del miedo a la página en blanco (2013)


Por Marina Artusa, Revista Ñ, 27/11/2013.
www.revistaenie.clarin.com/escenarios/cine/Paolo-Fabbri-Fellini_0_1022297772.html


Festivales. Bologna fue el escenario del segundo festival Scriba, con treinta citas y más de cuarenta referentes. Y una curiosidad: un programa de primeros auxilios narrativos para autores con bloqueo.

Necesitaría pedir un turno con primeros auxilios –¿Qué le pasa?

–Estoy empezando a escribir una novela y no puedo avanzar con el personaje femenino.

El diagnóstico es clarísimo: aspirante a escritor con bloqueo narrativo.

Por fortuna, existe en el mundo –más precisamente en Bologna, Italia– un festival que se llama Scriba y que ofrece tratamiento para tal dolencia: una sesión de una hora con un tutor de una escuela de escritura.

Los Primeros Auxilios Narrativos debutan en esta segunda edición del festival Scriba, tres días de discusión, concursos, debates acerca del uso del lenguaje, competencia de insultos, sátira, hallazgos y conferencias sobre la noble tarea de combinar palabras. Entre el 8 y el 10 de noviembre, la ciudad de Bologna, cuna de la universidad más antigua del mundo occidental y sede del taller de narración Bottega Finzioni –fundado por el escritor noir Carlo Lucarelli en 2011 y principal organizador del encuentro–, presta sus librerías, bares y museos para este laboratorio de ideas.

“El nuestro no es un festival de literatura sino de escritura en el cual participan todos aquellos que hacen de la escritura un oficio, aún en sus formas más desconocidas o impensadas”, explica Michele Cogo, escritor, guionista, estudioso de semiótica narrativa y miembro del comité científico de Scriba. “Desde los libretos o guiones hasta la escritura de horóscopos, recetas de cocina, los prospectos de los medicamentos, las instrucciones de uso, todos textos que frecuentamos en la vida cotidiana pero que uno nunca se pregunta quién los hace ni cómo”, agrega.

El servicio de Primeros Auxilios Narrativos que en estos días socorre a más de un principiante en apuros creativos atenderá, a partir de enero, una vez por semana en la histórica farmacia Toschi de Via San Felice, en Bologna.

“No somos una editorial ni una agencia literaria. Se trata de una consultoría gratuita para quien inventa historias y no asiste regularmente a una escuela de escritura. Contar el propio relato a otros ayuda a comprenderlo y escribirlo mejor –dice Cogo, creador de estos primeros auxilios–. No hacemos sugerencias sobre estilo y escritura. Trabajamos sobre los pasajes de trama y cómo ordenar las cosas para hacer funcionar la historia.” Con cierto orgullo, el festival Scriba se jacta de no prestarle atención a los libros ni a los lectores. Se trata de una kermés de letras que da voz a los que escriben horóscopos, programas de tele, titulares de los diarios, e–books y guiones para cómics, entre otros rubros.

Para Carlo Lucarelli, autor del policial El comisario de Luca, un volumen que recoge las novelas Carta blanca, El verano turbio y Via delle Oche, éste es un festival muy original. “Llegué a la conclusión de que cualquier cosa que se escribe escogiendo las palabras para comunicarle algo a alguien implica que quien lo hace ponga algo de su fantasía. Cuando lo que se comunica es fruto de una elección estamos frente a una forma de la literatura. Eso se convierte en una escritura que debemos respetar. Scriba hace esto. Sale a reclutar todas las formas de escritura desconocidas, escondidas de narración –dice. Hay momentos de la escritura que nunca son tenidos en consideración, o al menos yo nunca los he tenido, y de los que he descubierto su profundidad a través de Scriba. Compré publicaciones que les enseñan a los policías cómo sumariar información testimonial o cómo hacer un informe de documentación. Debí usar esa escritura burocrática, reelaborarla para mis novelas.” Desde 2012, una vez al año Scriba copa Bologna durante tres días. En esta ocasión, con treinta citas y cuarenta referentes de la escritura como oficio que participan en este mundo paralelo al literario donde nadie paga entrada.

Hasta la librería Ambasciatori, donde la gente suele pispear las novedades editoriales mientras compra mostaza de uva y papardelle biológicos o se toma un prosecco acodado en las estanterías de libros, el semiólogo y discípulo de Roland Barthes Paolo Fabbri vino a compartir uno de los temas que lo desvelan: “Enseño semiótica de los lenguajes técnicos en una universidad romana y dicto un curso sobre la diatriba política. Ahí me di cuenta de que en la mayoría de los casos, la gente que hace política se insulta. De ahí la idea de introducir entre los temas del festival este modo de referirse unos a otros a través del insulto. Les pedí a mis estudiantes que hicieran un trabajo de documentación y recogieran los insultos que se dicen los políticos en estos últimos tiempos. Aquí algunos ejemplos: analfabeto, animal, asesino, bandido, bufón, marioneta, caimán, cadáver, carroñero, corrupto, idiota, fracasado, farabute, mierda seca, miserable, muerto que habla, musulmana de mierda, incapaz, ladrón, monstruo, viejo verde, vieja prostituta, padre de una puta, sodomita, bruja, traidor, atorrante, bellaco… Se trata de una lista abierta en la que todos pueden contribuir.” El insulto no queda ahí. Al día siguiente, toma cuerpo en el restaurante La Gazetta, frente al teatro comunal y en diagonal a Piazza Verdi, cuore de la movida universitaria bolognesa. En La Gazetta, Fabbri modera una competencia de ultrajes que llama “La piedra del insulto” mientras Vito Tartamella, editor de la revista Focus y autor del libro Parolacce (Malas palabras), aclara, con cierto rigor científico, que “hay muchas familias de malas palabras. La imprecación, por ejemplo, surge cuando en vez de pegarle al clavo en la pared le damos con el martillo a nuestro dedo. No ofendemos a nadie pero nos desahogamos –señala–. Otra familia son las maldiciones. No es una ofensa pero consiste en augurarle un mal a alguien. Luego están las obscenidades, que se refieren a la sexualidad explícita y llegamos finalmente al insulto que, como toda mala palabra, es mágica.” Según Tartamella, el insulto es una forma simbólica de agresividad. “Freud decía que nuestras pulsiones principales son el sexo y la agresividad. El insulto desarrolla una función extraodinaria: en vez de partirle la cabeza a alguien con una piedra y potencialmente matarlo, uno le arroja al otro una palabra. En la historia del hombre el insulto sirvió para trasladar de un plano físico a uno simbólico una forma de violencia. Hoy se puede discutir sobre los efectos de la piedra en la cabeza o el insulto. A veces el insulto puede provocar una herida de la que una persona no se recupera más”, agrega.

¿Cuál es el insulto perfecto? “Aquel que tiene la característica de ser breve, incisivo, eficaz pero sobre todo creativo. En una reunión municipal, en Umbria, un concejal le dijo a otro: ‘Callate vos, que para hacerte ver de la cabeza tenés que ir al urólogo'”, cita Tartamella.

Scriba no descuida la escenografía de cada evento. Ermanno Cavazzoni, escritor y guionista de La voz de la luna, de Federico Fellini, y la blogger Martina Montague vinieron a presentar poesías famosas en cajas de remedios. Bajo el título “Poesía terapéutica y prospectos”, Cavazzoni ironiza sobre las técnicas de escritura y recrea poesías famosas en prospectos de medicina, idea que en los 90 publicó la Universidad del Proyecto de Reggio Emilia y llegó a vender 400 mil copias. ¿Dónde se hace el encuentro? En las instalaciones de una empresa de máquinas automáticas para la confección de productos farmacéuticos.

La sala del Resorgimento del Museo Cívico Arqueológico de Bologna, en cambio, hospeda al escritor Paolo Albani, coautor del Diccionario de las lenguas imaginarias. Albani, miembro de L’OuLiPo –Ouvroir de Littérature Potentielle, una especie de laboratorio de literatura paralela nacido en París en los 60 como parte de la patafísica, esa ciencia de las soluciones imaginarias que surgió en 1948–, le dedica un capítulo al grammelot, el lenguaje escénico que no se funda sobre la articulación de palabras pero que sí reproduce algunos aspectos fonéticos como la entonación, el ritmo y la cadencia. El diccionario lo define como un juego onomatopéyico de un discurso articulado arbitrariamente. Según Albani, “la palabra deriva de ‘protestar’, en francés. Sería el lenguaje que usaban para burlarse de los gobernantes en la antigüedad. Como no era posible hablar mal en teatro del obispo o del príncipe de turno, se usaba un lenguaje no comprensible pero eficaz desde lo satírico. En su Manual mínimo del actor, Darío Fo, amante del grammelot, dice: ‘Debo confesar que uno de mis sueños secretos es salir en el noticiero, sentarme en el lugar del conductor y hablar toda la transmisión en grammelot. Apuesto a que nadie se daría cuenta’”, cita Albani.

Sobre cómo se construye una lengua imaginaria, destaca que “uno de los modos más divertidos es tomar el principio de una palabra y el final de otra y unirlas. Algunos términos de uso corriente nacieron así –explica–: La palabra smog viene de smoke (humo) y fog (niebla)”. Y da algunos ejemplos de un libro de Umberto Eco: “Dartagnac: el brandy preferido de los mosqueteros. Cornitólogo: etólogo que estudia el adulterio entre los pájaros”.

En el festival Scriba las escuelas de escritura tienen ocasión de presentarse y explicar para qué sirven: “Para que uno se dé cuenta de que se pueden traspasar los límites que uno siempre pensó inalcanzables –dice Domitilla Pirro, ex alumna y hoy asistente de didáctica junior de la Holden, la escuela de escritura que Alessandro Baricco fundó en Turín en 1994–. Yo entré porque quería dedicarme a hacer historias para niños y me pidieron que escriba un relato sobre una masacre. Debo decir que fue un desafío importante. Es imposible garantizar que una escuela de escritura te asegure un trabajo pero sí te da las herramientas como para poder inventártelo. Uno adquiere la técnica y los instrumentos necesarios para crearse una profesión en cualquier campo.” Scriba también se ocupa del lenguaje del arte y, en otro ejercicio del disparate, el semiólogo Paolo Fabbri preside una velada en el MAMBo (Museo de Arte Moderno de Bologna), donde la propuesta es analizar el discurso de tres hipotéticos vendedores de arte que improvisan sobre cómo tentar a la platea para que compre tres objetos (¿de arte?) desconocidos para ellos hasta el momento. Primero es una boina. Luego un vaso de agua. Por último, una manzana. “Esta vez quisiera que no hablemos sobre qué es arte sino sobre cuándo un objetos se transforma en arte”, arranca Fabbri. “Podríamos decir que sobre un pedestal y bajo un spot casi seguro que cualquier cosa se aproxima mucho al arte –ironiza–. El objeto debe ser artificato. Y el trabajo de la crítica es la implementación de la obra de arte. Veamos cómo estos tres candidatos ofrecen estas tres obras de arte que ellos desconocen a un público que es constitutivo de la obra arte en cuanto a su recepción.” Cada uno a su turno, los tres vendedores de mentira intentan persuadir a la platea obre las bondades de adquirir esos tres objetos de la vida cotidiana como si fueran obras de arte. El público juega, vota y determina el empate. El festival cumple su objetivo. Y mientras Scriba se despide hasta el año que viene, el MAMBo se pregunta qué hacer con la boina, el vaso de agua y la manzana.

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