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Por: Héctor Pavón, Revista Ñ, suplemento de Clarín, Buenos Aires, Martes 02 Feb, 2010.

Paolo Fabbri: "Vivimos en la era de la traducción" (2010)

Espías, escuchas telefónicas, secretos y demás distorsiones de la comunicación son temas que apasionan al semiólogo italiano. De paso por Buenos Aires, el autor de Táctica de los signos explica por qué antes se combatía por los medios de producción y hoy, por "los medios de definición" de la realidad.

La semiótica busca sus objetos de estudio en los nuevos órdenes internacionales, en las nuevas realidades globales. El semiólogo italiano Paolo Fabbri estuvo recientemente en Buenos Aires, durante la IX Semana de la Lengua Italiana en el mundo, analizando lenguas, culturas e himnos nacionales. Dio conferencias en el Instituto Italiano de Cultura y en la Universidad del Salvador. Fabbri es un hombre de buen humor, atento a los signos que la realidad le prodiga constantemente. No da señales de ser uno de los pilares de la semiótica, ya, clásica que lo pone en un altar junto con Umberto Eco y Algirdas Julius Greimas. Ese buen humor lo manifiesta cuando uno le pregunta qué está estudiando: "Me interesan los espías, me interesan los ladrones, me interesan las interceptaciones telefónicas, me interesa la distorsión de la comunicación", pero no lo dice en chiste...

-Desde distintas ciencias y disciplinas se afirma que la crisis económica global no afecta sólo a la economía sino también a diferentes campos culturales...

-Vamos por partes. Hoy existe una grave crisis de la crítica literaria y, también y sobre todo, de las artes. Porque los críticos de arte se han convertido en curadores. Y siendo curadores, el metalenguaje crítico está simplemente en la disposición espacial. Eso es un error gravísimo. Creo que todavía hay mucho espacio para la crítica en la actualidad. En el caso del arte, la crisis deriva del aplastamiento en el mercado. En el caso de la literatura ese aplastamiento en el mercado no existe. Eco ganó dinero con El nombre de la rosa, pero no como Grisham u otros. Pero en el arte, el vínculo con el mercado es tan potente, que la distancia crítica está casi aplastada. Yo dirijo la revista que se llama Archivio del Senso en la que estudiamos La Bienal de Venecia. Allí Orhan Pamuk escribió un artículo muy divertido. Atravesó la Bienal, volvió a su casa y escribió: "No entendí nada". Este es un problema muy serio. Porque la alternativa del hecho artístico es la entrevista al autor, a sus intenciones artísticas. Pero las intenciones del autor no son su obra. Y sobre todo, no son su recepción. Es un tema interesante.

-Si ponemos a la semiótica a analizar la era que vivimos, ¿cuáles serían los signos distintivos del presente que detectaría de inmediato?

-Se dice que estamos en la época de la imagen o sea, que los signos son icónicos. No estoy seguro. Diría que para mi generación la música juega un papel fundamental. Si me preguntaran a mí, diría que la música fue más importante para cambiar la política, por ejemplo. De modo que no creo que el signo icónico sea dominante, entre otras cosas, porque, citando a Baudrillard, él siempre decía: "¿Ven imágenes? Yo no veo ninguna. Enciendo el televisor y veo personas que hablan." Con un poco de humor se podría decir que nosotros no vemos ninguna imagen porque vemos solamente una señora que habla en la televisión o sea que no es imagen, es lenguaje puro. Yo diría que este es un período –la posmodernidad– en el que se ha dicho que ya no hay grandes relatos –el de la Ilustración, de la utopía, del socialismo– y que había relatos pequeñísimos. No es cierto. Hoy hay un gran relato y se llama "mundialización." Y digo mundialización como decía Derrida que no quería hablar de globalización porque globalización implica uniformidad. Mundialización implica complejidad y la complejidad en este momento se especifica en traducciones.

-¿Cómo operan a su juicio esas traducciones?

-Yo creo que estamos en la época de la traducción. Mientras las culturas anteriores eran culturas nacionales, posnacionales, identitarias, etcétera, yo tengo la impresión de que hoy asistimos a una enorme cantidad de traducciones lingüístico-culturales. Las traducciones no son lingüísticas sino semióticas. Creo que esas traducciones son consensuales y conflictivas. La guerra es un aparato de traducción terrible. Los estadounidenses están aprendiendo qué quiere decir "un combatiente afgano". Antes no lo sabían. Los rusos sí lo sabían. Los rusos habían aprendido pero no se lo dijeron y por lo tanto, a los estadounidenses les fue necesario aprender cómo piensa, cómo combate un afgano. La guerra es un trágico aparato de traducción precisa. Basta pensar cómo los rusos y los americanos terminaron traduciéndose durante la Guerra Fría. Y las traducciones son también ferozmente conflictivas. Pero también hay aspectos totalmente positivos. Y creo que es una característica específica de nuestra época. Por ejemplo, también en las artes, cuando yo era joven, la exigencia era que hubiera un específico cinematográfico, un específico literario, un específico televisivo. Ahora nadie cree en eso. Ahora todos saben que hay combinaciones, hibridaciones, etcétera. Yo a esto lo llamo traducción.

-En France Telecom ya se suicidaron veinticuatro empleados por razones que aún se investigan y que se sospechan vinculadas al ámbito laboral. ¿Esa trágica decisión es un signo de este momento?

-Sin duda. Cabe recordar que el primero que estudió realmente el suicidio fue el francés Emile Durkheim quien escribió un gran libro sobre el suicidio como criterio. Una cosa que caracteriza a nuestra época que valdría la pena estudiar, es que en un tiempo las personas se suicidaban al inicio y al fin de la vida. Se suicidaban los viejos y los jóvenes. Muchos adolescentes se suicidaban porque tenían dificultades para entrar en la vida. Y al final de la vida la gente se suicida porque la vida no tiene mucho sentido. Actualmente, hay muchos suicidios en la edad intermedia, que es el caso de Telecom. La edad intermedia que era una edad de realización se ha convertido en una edad de fracaso. O sea que entiendo perfectamente que puedan suicidarse hoy. El otro es el vínculo con la nueva tecnología. Ulrich Beck dice que antes luchábamos por los medios de producción y que hoy combatimos por los medios de definición. La semiótica es interesante porque está obligada a definir los problemas, a distinguir. Por ejemplo, distinguir técnica de tecnología. Pongamos un ejemplo: fue muy fácil crear Internet –hay un eslogan estúpido que dice: "dar Internet al mundo fue fácil, pero dar mundos a Internet es muy difícil". Facebook es un experimento extraordinario de dar un mundo a Internet. Pero Internet es una técnica, Facebook es una tecnología. O sea, es la integración social específica de una potencialidad técnica no aprovechada. Y tengo la impresión de que transformar una técnica en tecnología, o sea, la aceptación socializada de una técnica, provoca conflictos terribles.

-¿Por ejemplo?

-Basta pensar en el automóvil. Buenos Aires tiene los autobuses más violentos del mundo pero eficientes. Todos nosotros sabemos cuánto pagamos de impuesto a la sangre, al automóvil. Es asombroso que aceptemos tener miles de muertes, decenas de miles de muertes, millones de heridos, paralizados por rotura de la columna. No obstante, nadie renunciaría a esta tecnología. Estos suicidios son un ejemplo perfecto de la idea que tenemos que las técnicas son transparentes y las tecnologías son complicadísimas. Desde ese punto de vista creo que es interesante que la semiótica se haya puesto a estudiar ahora lo que llamamos "etno-semiótica", es decir, las integraciones socialmente relevantes de tecnologías complejas.

-¿Es acertado decir que lo real se ha vuelto más interesante que la ficción? La vida privada de Berlusconi es un producto mediático que muchos aprecian...

-Una telenovela, una bolsa de gatos. Creo que sí, pero hay que tener presente que cada lenguaje cuenta algo pero también se cuenta a sí mismo. La literatura, el cine interroga al propio medio. El filósofo estadounidense Richard Rorty dice que es mucho más interesante el periodismo que la literatura. Y el historiador británico Eric Hobsbawm afirma que es más interesante el jazz que el cubismo. Pero, por otra parte no debemos olvidar que además de contar cosas que ciertamente son más interesantes que los relatos tradicionales, cada disciplina se interroga a sí misma. Y eso no lo puede hacer el periodista. El cuenta el mundo con gran estilo, pero en cambio hay en la literatura, en el cine, en el arte, una dimensión experimental. Y esa dimensión experimental conserva a la literatura, al arte su valor intrínseco.

-¿Y la ciencia?

-La ciencia también es así. La ciencia cuenta el mundo, experimenta el mundo, pero después reflexiona epistemológicamente sobre su propia actividad. Yo creo que hay una relación necesaria entre esos elementos. En cuanto a Berlusconi, yo sostengo desde siempre que Berlusconi merecería a Balzac, haría falta a Balzac para Berlusconi, porque Balzac habría construido algo incluso grotesco dado que hay un aspecto grotesco en Berlusconi. Pero no hay un escritor que sea capaz de transformarlo en lo que es: un personaje sorprendente, grotesco. Los italianos están desesperados porque cuando encuentran a un extranjero éste les dice: "Ustedes son como Berlusconi". Pero no es cierto: la política no es un buen traductor. La política traduce a un país, es cierto –hay verdades, como en todas las traducciones. La política en Italia en este momento es una traducción parcialmente incorrecta de la vida cultural, de la vida social, del extraordinario interés de la vida italiana que es rica, compleja, pero que se traduce mal en política. La autonomía de la política es la dificultad de su traducibilidad.

-Usted ha estudiado el "secreto" y lo deconstruyó semiológicamente. ¿Qué cosas le interesan hoy cercanas al secreto?

-Ahora estudio las interceptaciones telefónicas, las escuchas. Italia es el país de Europa con la tasa más alta de control de sus teléfonos. Y todos los escándalos políticos en Italia sobrevienen a base de los controles telefónicos. Telecom Italia era dirigida por alguien que tenía una policía privada con centros de control telefónico... Y uno de los grandes problemas actuales es el de una sociedad con el máximo de comunicación que está totalmente controlada. Hasta tal punto que los peores problemas en Italia son la mafia –por eso hay tanto control– y el terrorismo. Todos los terroristas hablan con terminología controlada. Llaman a la pistola con un nombre infantil, llaman a una bomba con otro nombre. Nuestra sociedad es una sociedad que tiene una pretensión de ser transparente, comunicativa, etcétera, y que en realidad está totalmente dominada por estrategias de control. Eso lo expresó muy bien Gilles Deleuze cuando decía: pasamos de la represión al control.

-También ha trabajado en particular el tema del "camuflaje", ¿qué encontró allí?

-Me parece que el camuflaje, es decir el disfraz respecto del control, es un tema interesante, especialmente las estrategias del camuflaje que surgen del mundo animal: es lo que llamamos zoo-semiótica y estrategias de conflicto animal. Hay un evolucionismo a causa de una estrategia que podríamos llamar de supervivencia. En síntesis: yo me disfrazo de vos. O bien, la mariposa pone ojos de predador para aplastar la presa. Esto se combina con el secreto, especialmente cuando lo llevamos a ámbitos humanos donde se reutilizan estas técnicas. Me gustan las sociedades secretas porque producen estrategias de disimulación. Me interesa el disfraz que resiste al control, se utilizan técnicas de "normalización". Pero cuidado, porque del mismo modo los autos de la policía se camuflan, se normalizan, se banalizan. En las manifestaciones hay policías "banalizados", es la misma técnica con distinto objetivo.
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